Contra lo que todo el mundo piensa, el almuerzo no es ni debe ser la principal comida del día. Como mucho, debería aportar el 20-25% de los nutrientes esenciales.
Haciendo un buen desayuno (ver sección Desayunos) se llega al almuerzo con el hambre justo y podemos permitirnos hacer comidas sanas y ligeras que culminar con un sabroso postre.
Lo mejor es alternar según los días. Un día legumbres (garbanzos, habichuelas), otro día carnes (plancha, albóndigas, guisos), otro día sopas, otro día verduras (menestras apetitosas, coliflor con jamón, patatas rellenas de pisto, etc), otro día arroces, otro día pescados...cuanto más variado comamos a lo largo de una semana, muchísimo mejor será nuestra salud, nuestro rendimiento físico y nuestro propio bienestar.
Por supuesto que están prohibidos los atracones sin sentido, los platos rebosantes de patatas fritas, abusar de fritos, etc. Es bueno levantarse de la mesa sin sentirse a punto de reventar. Debería entrarnos hambre a media tarde para hacer una merienda ligera.
Recuerda: el almuerzo no es la principal comida del día, ni significa glotonería, ni platos como palanganas llenos de comida. Hay que ser un poco inteligente a la hora de comer y no dejarse llevar ni por el hambre ni por los caprichos ni por llenar los platos como signo de abundancia.